MEDIAS NONAS ODD SOCKS
Anabel Torres trans. the poet
Este título no ha tenido mucha acogida.
Después de un sondeo de opinión
he constatado que lo entienden con más facilidad
las mujeres
siempre y cuando no sean demasiado ricas o demasiado
modernas.

Las medias nonas se guardan desde tiempo atrás
en distintos recipientes:
bolsas de basura, maletines con el cierre dañado, canastos.
A menudo se amarran con la media más larga de todas
alrededor,
que por lo general, por estar estirada,
es de las que los zapatos se tragan.
Se ha comprobado que las medias tragadas son las
que más fácilmente se transforman en nonas,
sobre todo entre los niños.

Existe la esperanza en el fondo de cada mujer
de que a una media nona
le puede aparecer en cualquier momento la compañera,
pero la vida también nos ha demostrado
que ello es poco probable. Es decir, las medias nonas
más que todo se guardan impulsadas por el mismo impulso:
no desperdiciar.

Las medias nonas han sido fuente de incontables discusiones
en muchos hogares tradicionales.
Ellas parecen una prueba palpable de nuestro descuido,
aunque algunos amos de casa, más optimistas,
dicen ver en ellas los designios de la providencia,
los insondables misterios que agregan encanto a la cotidianidad.

En los casos más excitantes, las medias nonas dan lugar
a disquisiciones filosóficas del orden de:
¿a dónde irán a parar las medias nonas?
¿Tendrán un cielo de algodón?

Las medias nonas gozan de gran popularidad entre
las mujeres - aunque no lo confesemos abiertamente -
sobre todo para las cosas que hacemos sin los hombres,
cuando ellos se van a estudiar o a la oficina.
Pueden tener muchísimos usos:
sirven para introducir la mano y sacudir el polvo,
esparcir cera, brillar muebles,
guardar sueños, hacer traperos.
Sirven para rellenar o forrar muñecas,
lustrar zapatos, limpiar barbillas de bebé (úsense las más
claras),
ocultar joyas o cartas de amor.

Sirven para recoger y donar a las monjas
que hacían y todavía puede que hagan preciosidades con ellas.
También para llevar cubiertos a un paseo de olla,
o huevos duros.
Las medias nonas se han guardado con celo y recato en casi
todas las familias.
Antes, nadie se hubiera atrevido
a calzar dos medias nonas.
En nuestra época este tabú ha sido superado
en parte porque la carestía de la canasta familiar
puede obligarnos a reblujar en el cesto de las medias nonas.

Los únicos dos usos públicos que se conocen
de las medias sueltas
han sido registrados en su mayoría por hombres.
Más espectaculares,
están documentados en cine, en videos y en la televisión:
llenas de arena o piedrecillas
son una cachiporra mortífera;
de nylon, sirven para atracar bancos y no ser reconocido.

Las medias nonas son misteriosas, útiles, versátiles,
de colores vistosos o suaves;
casi siempre son las más nuevas, las más bonitas,
las más finas, las más abrigadas,
las traídas de Escocia o Noruega, las irremplazables.



Le dedico pues este libro
a mis amigas mujeres,
muchas de las cuales - yo incluida -
cada vez más tenemos menos miedo
de quedarnos sin pareja

con la confianza de que mis amigos hombres
se harán, con el correr del tiempo,
tan aficionados a las medias nonas como nosotras.
The title of this book hasnít been at all popular.
After making my own survey
I find that women can understand it much more easily
than men,
given they are not too wealthy or too modern.


Since time immemorial, odd socks have been stored
in assorted types of containers:
garbage bags, carrier bags with broken zippers, baskets.
They are often tied with the longest sock of all
around them,
which, due to its being stretched,
is usually easier for our shoes to swallow.
It is also a fact that this kind of sock
is the most likely to become an odd one,
especially among children.

In the heart of every woman there lies the hope
that the partner of an odd one out
might show up at any moment,
But life has also proved this
to be most unlikely. Actually, we stash odd socks away
on the same impulse that drives so many of us women:
not to let anything go to waste.

In many traditional homes
Odd socks are a source of countless arguments.
They seem to be living proof that we have been neglectful,
Although, on a more optimistic key, some house husbands
Swear that they see in odd socks the designs of Providence,
Those unfathomable mysteries adding charm to our daily lives.

In the most exciting cases, odd socks may give rise to philosophical queries of the order of:
just where do odd socks go off to?
Do they have a heaven of their own made of cotton?

Odd socks are very popular among women,
even if we donít confess it openly,
especially for the things that we do without men
as they go off to the office or to the university.
You can use odd socks for many things:
you can put your hand inside them and do the dusting,
spread wax, polish furniture,
store dreams, fabricate mops.
They can be used to re-stuff or pad dolls,
to shine shoes, wipe baby chins (use the lightest shades for
this purpose),
hide love letters or jewels inside them.

You can collect odd socks and donate them to the nuns
who used to perform wonders with them and probably still do.
You can take silverware to picnics in odd socks,
or hard-boiled eggs.
Odd socks are kept with both zeal and discretion in many
families.
Decades ago, no one would have dared
to actually wear two odd socks.
This taboo has been overcome in our times,
partly because the high cost of living
might make us resort to the odd-sock basket,

The only two public uses of odd socks
have mainly been registered by men.
More spectacular,
they are captured on film, videos and television:
full of pebbles or sand
they constitute a mortal weapon.
Made of nylon, they serve to hold up banks and go
unrecognised.

Odd socks are mysterious, practical, versatile,
they come in brash or meek colours:
more times than not they used to form part of
the newest socks we had, the prettiest,
the most expensive, the warmest,
the ones someone had brought us from Scotland or Norway,
our truly irreplaceable ones.

Therefore I dedicate this book
to my female friends,
many of whom, myself included,
are less and less afraid - each year more so than the previous
one -
of not finding a partner,
with the hope that my men friends
will become, as time goes by,
as fond of odd socks as we women happen to be.

Copyright © Anabel Torres & Editorial Universidad de Antioquia 1992; trans. copyright © Anabel Torres 2005


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