MANUEL BARRETO MANUEL BARRETO
Tulio Mora trans. C.A.de Lomellini & David Tipton
Cholo rubio, cholo de ojos claros, cholo color
cucaracha: notoriamente, irreversiblemente,
y además nací en el Callao, en sus callejas de moho y sal
y el ronco sonar de las sirenas de sus barcos.
No conocí a mi padre. Sé que tuvo la misma sed
que hace huir a los bisontes,
sé que columbró un destino horrendo para mí
y desafió a las olas - y entre ellas se perdió.
De esos años me queda un recuerdo nítido:
el tumulto de los inmigrantes europeos
que venían al Perú, unos a incorporarse a la riqueza
mal habida, otros a condenarla
recitando consignas anarquistas en los muelles.
Kropotkin y Bakunin agitaban las aguas del mar
y los patillos inocentes emergían de ellas
extendiendo en el cielo gris sus grandes alas negras.
Yo era un vástago o bastardo amenazado por mí mismo
ajeno a los juegos que los niños inventaban.
¿Dónde se ha visto un cholito de ojos azules?
Las avenidas se estremecían con las manifestaciones
obreras reprimidas por los gendarmes de enormes sables,
pero invictas flotaban las banderas rojinegras.
Eran, por decirlo así, la memoria anunciada de mi biografía.
¿Anarcosindicalista? Tii eres un vago y nada más.
¿Por qué no te pones a trabajar?
En esos signos de violencia hubo uno irrefrenable:
mi madre golpeada por mi padrastro
que asediaba su pobreza. Y no fue
por los textos de Manuel González Prada
que hube de vengarla, sino por simple convicción,
como en los actos en que debemos cotejar
verdad y ofensa, frustración y sobrevivencia.
Golpe feroz, el de la prisa con que muerde
uno al atacante. Golpe metafórico, el que se siente
- y es uno mismo el que se ve golpeado
como un Narciso loco entre las aguas de un charco.
Por eso huí a Trujillo a continuar con el ayuno:
ser pinche de cocina, cargador, camionero, guachimán.
Ya los obreros habían muerto demasiadas veces
para conquistar la jornada de ocho horas
y Augusto B. Leguía era el tirano de las buenas formas
y las reinas de los carnavales se llamaban
Consuelo o Genoveva
y la libra peruana fue cambiada por el sol ...
Me acuerdo de las calles de Trujillo donde el sol moría
con un revuelo trágico, como una marinera.
Me acuerdo de mi nombre impreso en las fichas policiales:
Manuel Barreto: aprista.
Todo era vago en mí, menos la discordia,
menos el amor. En sus campos podía despojarme
de la rudeza de los bares. Era el amor
que tasajea frutas, perturba a los trigales,
ennegrece a las arenas.
Era mi alabanza más secreta,
como una muchacha descubierta detrás de una enredadera
y no hay relojes ni paredes
que vacíen más rotundas sus ternuras.
Amé a Hortensia por su nombre de flor japonesa,
como uno ama sus lamentos desgarradores
que fermentan en las madrugadas.
Tuve dos hijos y el mundo, repentinamente,
pudo ser una saga de parejas y cachorros.
Pudo ser pero mi reino era estropeado
por la sombra de los hacendados:
los Berckemeyer, los De la Piedra, los Grace
exhalaban su rocío venenoso
entre las hojas de la caña
y como en tiempos del rey Carlos V
en sus dominios el sol nos oponía.
Ya los mineros habían enterrado
a sus muertos en Mal Paso
y Leguía agonizaba en San Lorenzo
y Uruguay era el primer campeón mundial de fútbol
y los banqueros neyorquinos
se arrojaban de los rascacielos ...
Incluso entonces no olvidé mis dudas iniciales,
su filo torturante y cotidiano:
yo y los míos éramos cuerpos llenos de hongos
leyendo en nuestras manos sucios capítulos de historia.
Pero mis libros favoritos no eran
los de Haya de la Torre,
sino los de Jose María Eguren.
En ellos había globos de los que se descolgaban
duendes con cestos de frutas
y andarines de la noche con bombos y trompetas
y opalos de intenso abril
en el aliento de una niña muerta.
Por los poemas el mundo descubre sus rencores,
eso pensaba al leerlos. Y también que las palabras
de los poetas alimentan el amor
que nos exige derrotar a la crueldad.
Ya Sánchez Cerro era el presidente
con ánforas fraguadas
y Haya de la Torre estaba
en los "ergástulos de la barbarie civilista"
y el ministro Flores paseaba a sus camisas negras
y no había flores en la tumba
de José Carlos Mariátegui ...
Antes he de decir que el dolor es más dolor
cuando ataca por la espalda
como una zarpa inasible.
El mío fue mi propia esposa, que abandonó mi casa,
mis noches borrascosas, clandestinas,
mis hijos, mis preguntas, mi hoja de llantén,
mis Horas de lucha, mis Reyes foscos,
mi botiquín de últimos auxilios donde guardé
el jornal de una semana que nunca trabajé.
Así llegó aquel diciembre del año 31:
el tiempo adivinaba mi tristeza y golpeaba lento
en las canaletas de los techos.
Una iguana abría sus enormes fauces para lamer,
con su horrorosa lengua, al nuevo año.
Las flores arrojadas - nomeolvides jazmines siemprevivas -
resucitaron en un plato mostrandome
su belleza disectada. ¿Te acuerdas, Búfalo?
Ese mes debía empezar la revolución
y tú la hiciste fracasar. No, no fuíste tú, fue la venganza
que habitaba en ti: un balazo limpio en el pecho
del mal hombre (como aquél que golpeaba a tu madre)
echó a perder el futuro.
Antes he de decir que en una vida
se apretan las desesperaciones y remordimientos
que preceden al hombre que los vive.
La miseria es una herencia inelegible,
este es el sabor repulsivo de mi verdad, el imposible
sino de mi sangre que se harta y se insolenta.
Y además - Búfalo, Búfalo, viejo huésped de las comisarías -,
y además el hombre es una piedra que rueda
a puntapiés, una piedra dura, de farallón,
densa de vigorosas culpas
que a uno le empujan por la boca, tal una pata de cabra.
Pero tengo otra verdad: tal vez quise
conducir la revolución para demostrarle a Hortensia
que mi muerte vengaría mi queja.
Así llegó aquella noche de julio del año 32.
Los campesinos de Laredo, las mujeres del mercado
y los muchachos del colegio San Juan
trepaban los muros del cuartel O'Donovan
mientras una lechuza aleteaba en un olmo
y una bala me detenía en una puerta
anticipando en su madera a mi ataúd.
Las multitudes harapientas siguieron combatiendo
con Tello, el profesor, con Canseco, el artillero,
con Obregón, la negra cocinera.
No cantaban la Adelita, sino la Marsellesa
y la Internacional; no asaltaban trenes
pero hacían trincheras arrumando colchones
en cada casa de Trujillo.
Pero Sánchez Cerro (el tirano)
y Flores (el fascista)
pidieron la hecatombe
y 5 mil hombres fueron fusilados en Chan-Chan ...
Una losa de piedra ahora me aplasta.
No lleva inscrito mi nombre
pero desafía al viento y a la mentira.
Jamás aceptaré la resignacion del reposo
para no aliviar la culpa de mi asesino.
Blond-haired cholo*, blue-eyed cholo, reddish brown in colour
like a cockroach: notoriously, irreversibly,
moreover I was born in Callao, with its streets of rust and salt
and the raucous hooting of ships' sirens.
I never knew my father. I know he had the kind of thirst
that makes the bisons flee,
I know that he glimpsed a terrible fate for me,
challenged the waves - and was lost among them.
I still have a vivid memory of those years:
the tumult of European immigrants
who came to Peru, some to be absorbed by the wealthy
with their ill-gotten gains, others to denounce them,
reciting anarchist slogans on the waterfront.
Kropotkin and Bakunin stirred up the waters of the deep
and innocent little ducks rose up from the waves
stretching their black wings against the grey sky.
I was an off-spring or a bastard, who was his own worst enemy,
alien to the games that children invented.
Where did you ever see a cholo with blue eyes?
The avenues shuddered with demonstrations,
mill-girls were held back by the police with huge sabres,
yet undefeated waving their red and black banners.
They were, one might say, the public memory of my biography.
Anarchist, Union leader? You were a bum, that's all.
Why didn 't you get yourself a job?
Among these acts of violence there was an irrefutable one:
my mother beaten-up by my step-father
who besieged her state of poverty. And it was not
because of Manuel Gonzalez Prada's texts
that I had to seek revenge, but from simple conviction,
as in those actions when we must weigh up
truth and offence, frustration and survival.
A fierce blow, one with such speed
that it bites the attacker. The metaphoric blow, one you feel
as if you yourself had been beaten
like a crazy Narcissus gazing into a pool.
That's why I fled to Trujillo to carry on fasting:
as a kitchen boy, a navvy, a truck driver or night watchman.
Yet workers had died too many times
trying to get an eight-hour day
and Augusto B. Leguía was the tyrant of good taste
and the carnival queens were called
Consuelo or Genovieve
and the Peruvian pound was renamed the sol ...
I remember the streets of Trujillo where the sun went down
with a tragic movement reminiscent of a marinera*,
I remember my name on posters stuck up by the police
Manuel Barreto: APRA agitator.
Everything was vague in me, except for this discord,
except for love. In the lists of love I could strip away
the uncouth vulgarity of the bars. It was love
that could cut the fruit, ruffle the wheat
and blacken the sands.
It was my most secret commendation
like a girl discovered behind a trellis of climbing plants
and there are no watches nor walls
that pour out their tenderness more abundantly.
I loved Hortensia for her name like a Japanese flower
as one loves those heart-breaking laments
that early dawns provoke.
I had two children and the world, suddenly,
might have become a saga of couples and kids.
It could have been but my kingdom was ruined
by the gloomy shadow cast by the landowners:
the Berckemeyers, the De la Piedras, the Graces
exhaling their poisonous dew
among the leaves of the sugar-cane
and just the same as in the times of Charles V
the sun opposed us throughout his dominions.
The miners had already buried
their dead at Mal Paso
and Leguia was dying in San Lorenzo
and Uruguay had won the World Cup
and New York bankers
were throwing themselves from the skyscrapers ...
Even then I didn't forget my original doubts
and their daily razor-sharp edges:
I and mine were bodies covered in fungus
reading in our palms dirty chapters of history.
Yet my favourite books were not
of Haya de la Torre,
but those of the poet, José Maria Eguren.
In his poems were the kind of globes
from which fairies hang with baskets of fruit
and night-owlers with drums and trumpets
and polished opals of April
on the breath of a dead girl.
Through poetry the world discovers its rancour
I thought as I read them. And I thought too
that the words of poets feed the love
that urges us to conquer cruelty.
And Sánchez Cerro was president
with tampered ballot-boxes
and Haya de la Torre
was in the "prison of civilised barbarism"
and the minister Flores paraded his blackshirts
and there were no f owers on the grave
of Jose Carlos Mariátegui ...
Before that I have to say that pain is worse
when it hits you in the back
like an invisible punch.
Mine was my own wife who abandoned me,
my stormy and clandestine nights,
my children, my questions, my grievances,
my books by Haya de la Torre and Eguren,
my medical cabinet where I kept
the wages for a week I'd never worked.
And so December 1931 arrived:
the weather divined my sadness and beat slowly
in the gutters of the rooftops.
An iguana opened its enormous jaws to lick
the New Year with its horrendous tongue.
The flowers they'd thrown - forget-me-nots, jasmin -
resuscitated on a plate showing me
their desiccated beauty. Do you remember, Búfalo
how the revolution was to have begun that month
but you made it fail? No, it wasn't you, it was revenge
living within you: a clean bullet in the breast
of a man like the one who used to beat your mother
that's what caused the future to be lost.
I've got to say that in life
despair and remorse put the squeeze
on the man who experiences them.
Nobody wants to inherit poverty,
that's the unpleasant taste of my truth, the impossible
fate of my blood that grows weary and insolent.
And moreover - Búfalo, Búfalo, old guest of police stations -
and what's more man is a stone that rolls
when it's kicked, a hard stone from an outcrop,
dense with vigorous guilts
that they stuff into your mouth like a crowbar.
But I have another truth: perhaps I wanted
to lead the revolution to show Hortensia
that my death would avenge my resentment.
So that night in July 1932 arrived.
The peasants from Laredo, the market women
and the boys from the San Juan school
climbed over the walls of O'Donovan barracks
as an owl hooted in an elm tree
and a bullet stopped me in a doorway
its wooden frame anticipating my coffin.
The ragged crowds including Tello,
the teacher, Canseco, a gunner and Obregón, the black cook,
continued to fight.
They didn't sing Adelita, but the Marsellaise
and the Internationale; they didn't ambush trains
but made trenches by piling up mattresses
in every house in Trujillo.
But Sanchez Cerro (the tyrant)
and Flores (the fascist)
demanded a massacre
and five-thousand men were shot in Chan-Chan ...
A slab of stone holds me down.
It doesn't bear my name
but challenges the wind and the lies.
I'll never rest in peace
to avoid expiating my murderer's guilt.

* cholo - Indian
* marinera - coastal dance

Copyright © Tulio Mora 2001; trans. copyright © C.A.de Lomellini & David Tipton 2001. Publ. Redbeck Press


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