EL PICOTEADO THE PILLORIED MAN
trans. the poet Robert Gurney
No estuve allí entonces
en Market Hill,
Luton,
pero, no sé porqué,
siento como si estuviese allí ahora.

Iba allí a menudo
a escuchar a los comunistas,
a los fascistas
y a los cristianos fundamentalistas
echándonos sermones
desde sus cajones
sobre otros mundos
o Sodoma y Gomora.

Mi amigo Rodski,
ladeaba la cabeza
y con una sonrisa irónica
permanente,
solía atormentarlos
con preguntas inentendibles.


Dicen que lo puedes ver todavía
en el Club polaco.

No, no estaba allí
cuando pusieron a un hombre
en la picota
por una hora.

No vi la multitud
y a los diez agentes de policía
a caballo
que lo circundaban.

Tampoco observé a los caballeros
burlándose del pobre diablo,
echándole huevos podridos
desde las ventanas
de El león rojo.

Tampoco presencié
cuando la muchedumbre
empezó a tirar piedras
a los señores elegantes
en el balcón.

No sé qué había hecho
el desdichado,
supuestamente.

Oí un rumor
que escribió un poema
sobre un mundo nuevo
pero no sé si es cierto.

Solo sé que la gente pensaba
que era inocente,
que el juicio no era imparcial.

Pronto
todos los cristales del hotel
yacían en pedazos en la vereda
y el hotel quedó vacío.


Fue entonces,
más o menos,
que el pregonero azotó a un hombre
por haber robabo unos huevos
o una gallina
de una percha.

Luego aprendí
que todo eso terminó
después que empedraron
El león rojo.


Pero no estoy seguro
porque ocurrió
hace casi 200 años,
en 1810.

I wasn’t there
on Market Hill
in Luton
but, somehow,
I feel as if I was.

I mean I was there, often,
listening to communists,
fascists
and Christian fundamentalists
on their soap boxes
ranting on and on
about utopias
and Sodom and Gomorrah.

My polish friend Rodski,
his head tilted quizzically
to one side,
permanently,
and always wearing a wry smile,
used to like to heckle them
with unintelligible questions.

They say he can still be seen
in the Polish Club.

No I wasn’t there
when they put the poor devil
in the pillory
for an hour.

I didn’t see the crowd
and the ten constables
on horseback
surrounding him.

I didn’t see the gentlemen
in their smart suits and straw hats jeering
and throwing rotten eggs and fruit
from the window
of the Red Lion.

Nor did I see
the crowd start to throw stones
at the men
on the balcony.

I don’t know
what the poor wretch
was supposed
to have done.

I heard a rumour
that he had written a poem
about a new world
but I don’t know if it is true.

All I do know
is that the crowd thought
that he had not had a fair trial,
that he was innocent.

Soon all the windows
of the hotel
were lying in pieces on the pavement,
and the room was emptied.

It was about then,
I heard,
that a man was flogged by the Town Crier
for stealing eggs
or a chicken
from someone’s hen roost.

But then I heard
that all that had stopped
after the Red Lion
was stoned.

I am not sure, though,
because I wasn’t there.

It happened, you see,
nearly 200 years ago,
in 1810.

Copyright © Robert Gurney 2006


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